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lunes, 28 de mayo de 2012

Lecturas sugeridas por alumnos en el Día del Libro.

El misterioso final de un Caudillo.

Diego Alfonso Mas, Dibujo sobre papel preparado.

"Fue en setiembre de 1850 y como Artigas era muy viejito y estaba muy enfermo, los paraguayos  decidieron llevarlo a la capital, Asunción, para poder cuidarlo mejor. Pero ese hombre terco y luchador, a quien poco antes un visitante había descrito como "un monumento histórico en ruinas", no quería irse de la pequeña parcela de tierra que había trabajado con sus propias manos durante tantos años."En aquellos tiempos las personas morían jóvenes. a los cuarenta y cinco años ya se estaba casi al final de la existencia. Artigas resultó un personaje fuera de lo común hasta en eso, ya que murió a una edad que incluso ahora se considera muy avanzada: ochenta y seis años.
Ese hombre, que había atravesado ríos y batallas, que había visto morir a muchos amigos y enemigos, ahora enfrentaba su última pelea y quizá por eso, antes de cerrar los ojos para siempre, pidió que le trajeran su caballo: "No puedo morir en la cama", dicen que dijo.
Y es una cuestión que sorprende a muchos, el misterio de treinta años de silencio: Artigas, el gran jefe de los orientales, murió lejos, en el exilio, y nunca quiso regresar a su suelo. Ni siquiera cuando le mostraron la Constitución del recién nacido Uruguay ni cuando uno de sus hijos viajó especialmente a Paraguay para pedirle que volviera.
Pero se sabe, en cambio, por qué se fue a Paraguay y qué sucedió allí.
En los últimos meses de la Patria Vieja, mientras se seguía repartiendo tierras, ricos comerciantes, hacendados o simplemente personas que tenían ideas diferentes, continuaban estando en contra del gobierno de ese caudillo que vivía en un campamento con todos esos gauchos pobres.
Mientras tanto en Buenos Aires, que no podía vencer al ejército federal de las provincias ni al de los orientales, decidió ofrecerle otra vez la Banda a los portugueses. Muy pronto la nueva invasión estuvo lista y alguno incluso llegaría a decir que con ella, finalmente "Artigas dejará de molestar".
Entonces, un poderoso ejército de más de veinte mil hombres, que marchaban en tres grandes columnas, fue enviado por Portugal. Una de las columnas, comandada por Carlos Federico Lecor, tenía diez mil soldados y avanzó directamente hacia Montevideo.
La ciudad era en ese tiempo un hervidero de discusiones y reuniones secretas. Había muchas personas a las que esa cosa nueva que todos fueran iguales no les gustaba; otros añoraban los tiempos en que los españoles eran gobierno; algunos apoyaban a Buenos Aires y  había quienes creían que todo marcharía mejor con un gobierno portugués. Así se preparaba el final de la Patria Vieja.
En la Banda Oriental los seguidores de Artigas estaban en desventaja ante los portugueses. Se lanzaron al combate y sufrieron derrota tras derrota; el propio Artigas fue derrotado en la batalla de Morumbé y Fructuoso Rivera en India Muerta. El fin se acercaba.
Finalmente los portugueses entraron en Montevideo. Con Lecor al frente, el ejército cruzó la puerta de la Ciudadela y muchísima gente salió a la calle para saludarlos como a salvadores. Como agradecimiento los habitantes de Montevideo, Lecor recibió las llaves de la ciudad.
Sin apoyo y sin dinero, Artigas comenzó a quedarse sin jefes y sin soldados. Algunos fueron capturados por los portugueses y otros decidieron apoyar al invasor o desertar. Hubo también quienes se pasaron a Buenos Aires llevándose consigo muchos soldados y pensando en continuar la revolución desde allí.
Artigas, que había prometido seguir peleando aunque sólo fuera con perros cimarrones, finalmente se quedó nada más que con una tropa de indios de Misiones. Fue con ellos con quienes peleó contra los portugueses en Tacuarembó Chico, su última batalla.
La sangre de los indios que apoyaron al jefe de los orientales hasta el final manchó las pasturas de Tacuarembó: Artigas fue derrotado una vez más.
Mientras esto sucedía, las provincias y Buenos Aires firmaban la paz. Posteriormente Buenos Aires le ofreció tropas al caudillo de Entre Ríos, Pancho Ramírez, para pelear contra Artigas.
Así, perseguido por Buenos Aires, por los portugueses y por los soldados de Entre Ríos, repudiado por Montevideo y sin soldados, Artigas decidió abandonar la pelea. A los cincuenta y seis años, con apenas unos pocos hombres, se internó en Paraguay. Ni siquiera sabemos si tenía nuevos planes.
Su fama era tan grande que generaba temor incluso en ese país. Por las dudas, el dictador Gaspar de Francia lo tuvo preso por un tiempo y le prohibió cualquier actividad política o militar. Pero luego le dio a él y a sus hombres unas chacras para trabajar y vivir. También le otorgó una pensión mensual de dinero, que según relatos de la época, Artigas regalaba en gran parte a los pobres labradores de la zona.
El gobierno de Entre Ríos reclamó al dictador Francia que le entregara a Artigas para enjuiciarlo y fusilarlo, pero el gobernante paraguayo ni siquiera les contestó.
En Montevideo, Buenos Aires y Entre Ríos se hablaba entonces de Artigas como de "un tirano sangriento" o "un bandido" (...).
Ajenos a eso, Artigas y su amigo Ansina, un negro libre que fue el más leal de todos, pasaron más de veinte años trabajando la tierra. (...) Murió lejos de su hogar, pobre y casi solo".
Tomado de "El país de las cercanías" de Roy Berocay.
Alumnas: Pamela Castro, Daniela Elizalde y Valentina Blanco; Grupo 3ro2 del Liceo Ramón Goday, Casupá.

Lecturas recomendadas por alumnos en el Día del Libro.

Artigas en el Paraguay.

La despedida de un jinete...

"Mi apreciado compadre:
Bien dicen que no hay como las desdichas para ligar a los hombres que se estiman. Bastó que se me echara encima una desgracia nueva para que de inmediato pensara en correr a su lado; con la pluma, ya que no matando las leguas que nos separan desde hace demasiado tiempo. Permítame narrarle mi desventura, rogándole que pase por alto lo que encontrará de ridículo.
Ha de saber que en las últimas semanas debí soportar algunos achaques de reuma, que me tuvieron en sillones o en la misma cama; hasta que antes de ayer, ya sin dolor mis miembros, me dispuse a reiniciar mis salidas a caballo por las cercanías. Fui, pues, a buscar mi alazán, lo ensillé completo, canturreándole entre dientes según mi costumbre, que él aprecia; pero cuando fui a montarlo me encontré con la novedad-no se ría usted de este amigo- de que ya no podía revolear la pierna  para encaramarme en el lomo del animal. ¡Lo que toda la vida hice casi de un salto! Los músculos, como de madera dura, ni se doblaban bastante ni tenían fuerzas para el envión. ¡Había que verme, dos, tres, seis veces, quedándome colgado del recado como un lagarto a mitad de camino! Le ruego que no se burle de la figura grotesca que haría este paisano; usted, que tantas veces me encomió la naturalidad arriba del caballo: ¡si soy jinete desde que dejé de gatear! Pero de golpe tuve que aceptar que aquella naturaleza que me acompañó la vida entera había tocado a su fin. Se imaginará mi desconsuelo.
Pero ahora viene una parte del relato todavía más penosa. Viéndome así, me dije que, puesto que ya no podría montar nunca más, aquella última salida debía hacerla de todas maneras. ¿Comprende el significado?: era como despedirme de una modalidad de ser el hombre que yo valoré tanto y que ahora acababa de clausurarse para mí.
Y como no descubriera a nadie en las inmediaciones, hice de tripas corazón, y avergonzado como se imaginará, arrimé con cuidado el animal hasta un tronco volteado que había cerca, me subí encima como lo haría una señorita aprendiz de amazona, y sólo así logre encaramarme a duras penas sobre el lomo disgustado de mi alazán.
Pero me había equivocado: alguien me había estado observando en aquella claudicada. Era el gurí del vecino Aniceto, de nombre Ramón, que usted debe recordar: niño de unos doce años, escaso de palabras y de sonrisa avara. Comprenderá usted mi vergüenza y mi ridículo al comprobar que aquella derrota admitida, aquel descender a artimañas de señorita, había tenido un testigo indiscreto.  
Y lo peor: no descubrí ninguna lumbre de burla en la expresión, que al menos me hubiera dado pie para replicarle con una sonrisita cómplice. Al contrario: aquel niño me observaba con una fijeza dolida donde se leía una veladura inconfundible de lástima. ¡Conmiseración le vi en cada ojo! Y eso me sumió en un pozo oscuro, del que todavía no he podido salir.
¿Qué iba a hacer? Puse el caballo al paso, me toqué apenas el ala del sombrero a manera de saludo, y evitando mirarlo me alejé, tratando de que no me notara que iba escondiendo la cara, y me largué a galopar con lágrimas en los ojos, queriendo abarcar en un abrazo último aquellos paisajes y aquel modo de verlos. Ya no divisaría más las alturas de los horizontes, las crestas de la lejanía que la vista, empinada, sólo era capaz de abarcar desde el mirador del caballo. Desde ahora-me dije-, desjinetado para siempre, el mundo se me va a volver más bajito, y yo andaré como rabón, o como caminando de rodillas ( que así me siento ya), recorriendo poco más que la casa, que ahora será casi mi único reino.
¿Y qué hacer con mi gustosísimo alazán, que se me ha vuelto un trasto innecesario? Mi primer pensamiento fue llevármelo lejos, hasta alguna extensión interminable, y allí, dejado en pelo, devolverlo a la libertad. ¿A la libertad? Pero el hábito de la libertad-cuánto me cuesta admitirlo- puede llegar a no hacerse indispensable: hay quien olvida la destreza de no tener trabas. al final opté por lo que me pareció un signo de la continuidad necesaria entre las cosas y los seres: le regalé el alazán al testigo de mi derrota. Hace un rato se lo llevé de la rienda a Ramoncito. Le fulguraron los ojos, me agradeció corto, y se lo llevó sin decir más nada hacia los fondos de su casa. Yo alcancé a palmear por última vez aquella anca que dejaba de ser mía, y pisando el sxuelo con mis alpargatas lisas me vine a escribirle a usted estas líneas, que se me hicieron imprescindibles.
(Le ruego que me deje hacer un alto aquí: los dedos a causa del maldito reuma, casi no me permiten sostener la pluma..)"
De José Artigas, a su compadre, desde su reclusión en el Paraguay.
Tomado de: "Hombre a la orilla del mundo" de Milton Schinca; presentado por el alumno Nicolás Remedios del grupo 3ro2, Liceo Ramón Goday, Casupá.

En homenaje a este gran escritor, que se despidió de nosotros el 22 de mayo del 2012, Milton Schinca celebramos tus palabras este día del libro, aunque ya sin tu presencia... tu obra perdurará en nuestras bibliotecas, tus palabras saltando en las aulas, bailando en un teatro... siempre con nosotros!

lunes, 14 de mayo de 2012

Esta nostalgia...
Este sueño que vivo,
Constance Charpentier, Melancolía.
esta nostalgia con nombre y apellido,
este huracán encerrado tambaleando mis huesos,
lamentando su paso por mi sangre...
No puedo abandonar el tiempo y sus rincones,
el valle de mis días
está lleno de sombras innombrables,
voy a la soledad como alma en pena,
desacatada de todas las razones,
heroína de batallas perdidas,
de cantaros sin agua.
Me hundo en el cuerpo,
me desangro en las venas,
me bato contra el viento
contra la piel que untada esta a la mía.
Que haré con mi castillo de fantasmas,
las estrellas fugaces que me cercan
mientras el sol deslumbra
y no puedo mirar más que su disco
-redondo y amarillo-
la estela de su oro lamiéndome las manos,
surcándome las noches,
desviviéndome,
haciéndome desastres.
Me entregaré a los huracanes
para pasar de lejos por esa luz ardiendo.
Estoy muriéndome de frío.
Gioconda Belli, poetisa nicaraguense (9 de diciembre de 1948).

jueves, 1 de septiembre de 2011

Federico García Lorca.

Comparto en este espacio, una nota publicada por Librería La Mandrágora (Trinidad, departamento de Flores, Uruguay).

" La versión oficial de la muerte de Federico García Lorca nos dice que fue fusilado en algún lugar de la carretera que une Vízmar y Alfacar (Granada), en agosto de 1936 a manos de los sublevados en el levantamiento militar que tuvo lugar en Marruecos el 17 de julio del mismo año, y que dio lugar, como todos sabemos a la Guerra Civil Española. Las razones de ese fusilamiento parecen claras: aunque Federico García Lorca detestaba la política partidaria y resistió la presión de sus amigos para que se hiciera miembro del Partido Comunista, era conocido como liberal y sufrió con frecuencia las arremetidas de los conservadores por sus amistades y sus numerosas declaraciones sobre la injusticia social, que lo convirtieron en un personaje antipático e incómodo para la derecha. Tampoco ayudaba, por supuesto, su conocida condición de homosexual.
Esto, sin profundizar mucho, es lo que dice la versión oficial… Pero, ¿qué hubiera pasado si Lorca hubiera sobrevivido a este fusilamiento? Hace algunos años ya, tuve un profesor en la Facultad de Filología que nos contó una historia asombrosa, de la que ninguno de los alumnos que le escuchábamos había oído hablar jamás, y que trataba sobre la ‘otra’ muerte del poeta Federico García Lorca.
Sí, García Lorca. Ese grandísimo poeta que nació en  Fuente Vaqueros (Granada) y que estudió en Madrid en la Residencia de Estudiantes, donde compartió clases con un genio tímido y callado que se llamaba Salvador Dalí, y con un turolense de fuerte carácter, futuro boxeador, que se llamaba Luis Buñuel. Ese gran poeta que conoció a José Moreno Villa, Emilio Prados, Pedro Salinas, Pepín Bello, etc… Ese gran poeta que fue reconocido con el paso del tiempo como el más grande que había en España, y que presumía de serlo con esos aires de señorito andaluz que siempre le acompañaron. Ese gran poeta que miraba por encima del hombro a Miguel Hernández por considerarlo poco más o menos que un pueblerino. Ese gran poeta que ha sido una de las almas más sensibles que ha dado este país y que nos ha dejado algunas de las mejores obras de nuestras literatura.. Pues bien, ese gran poeta no murió fusilado al amanecer de un día de agosto de 1936.  

Nos contaba mi profesor que, al parecer, alguien encontró el cuerpo aún con vida con un tiro en el lado izquierdo de la cabeza y dos en el tronco, y que no dio parte a las autoridades porque España estaba en guerra, la situación era muy delicada y este era un asunto muy delicado que, a lo mejor, le podría suponer la cárcel o algo peor. Pero sí que pensó que las monjas de un convento cercano podrían ayudarle, y con esa intención se decidió a trasladarlo allí.
A pesar de lo grave de su estado, el hombre, al que las monjas llamaron Manuel, fue mejorando muy lentamente de sus heridas, y consiguió sobrevivir en un estado de consciencia relativa (os recuerdo que tenía un disparo en el lado izquierdo de la cabeza), sin saber quién era. Pero algo de su antigua genialidad y de su desbordante sensibilidad debieron quedar escondidos dentro de su maltrecha mente… Una de aquellas monjas con las que convivió pocos años hasta su muerte se empeñó en enseñarle a leer y a escribir, y por eso le dio una estampita del Cristo de Medinaceli, donde Manuel sólo escribió, con pulso tembloroso, la palabra AGUA.
Pasado el tiempo, el hombre que descubrió el cuerpo herido de Manuel vio el en cine un especial sobre el cuarenta aniversario de la muerte de Lorca, y quedó asombrado por el parecido entre el poeta y la persona que entregó a las monjas. Estupefacto, llamó a un periodista para contarle la historia. Cuando los historiadores decidieron exhumar el cadáver de Manuel para ver si se trataba en realidad de Federico García Lorca, descubrieron que el lugar en el que fue enterrado, y el convento donde había sido acogido, estaba cubierto por una presa artificial. Al parecer, algo de ese Lorca tan obsesivo con la muerte había sobrevivido al fusilamiento en el cuerpo de Manuel.
¿Quedaba alguna otra prueba que pudiera determinar la veracidad de la historia? El hombre entregó a los medios una foto en la que aparece él, junto con las monjas del Convento y el tal Manuel, que tiene un parecido sobrenatural con Federico García Lorca, con los cambios propios de una persona que ha sido fusilado y que ha sobrevivido a duras penas.

¿Ficción o realidad? A pesar de que a mí me parece una historia bellísima, dista mucho de ser real. Mucha gente la ha creído a pies juntillas, incluso se han hecho documentales, reportajes, etc…, asegurando su veracidad, pero no es verdad. Se trata de un guión de la serie documental Páginas Ocultas de la Historia (en la que se mostraban historias de ficción con un trasfondo de datos históricos), basado en la idea original de Fernando Marías La luz prodigiosa, a la postre también guionista de la serie de televisión. Incluso también hay una película del año 2003 que trata más o menos este tema. Para los cinéfilos, el director es Miguel Hermoso.
Muchos han sido los engañados, también mi profesor de la Facultad. Pero bueno, como dijo alguien, no dejes que la verdad te estropee una bonita historia. Y esta lo es. Sin duda.
Sea como fuere, espero que este cuentecito os anime a acercaros a la obra de uno de los más grandes poetas y dramaturgos de la literatura universal".

jueves, 3 de febrero de 2011

Idea..

"Mientras la televisión y un enjambre de periodistas locales y corresponsales extranjeros y el Uruguay entero estaban pendientes de la agonía de Mario Benedetti en un hospital de Montevideo, Idea Vilariño se murió en silencio a unas cuadras de distancia. Aunque el día de su muerte un centenar de admiradores le rindieron homenaje en el hall central de la Universidad de la República, a su entierro en el Cementerio del Norte, a la misma hora, fueron sólo catorce personas. El episodio cierra de manera perfectamente coherente la leyenda que la rodeó siempre, a veces alimentada y a veces padecida por ella misma.
Como muchos de mi generación, conocí los poemas de Idea Vilariño en las ediciones que le hizo Schapire en los ’60. Fueron de los primeros libros que compré con mi propia plata, cuando tenía trece o catorce años, y no podía creer que se pudiera decir tanto con tan pocas palabras, y con palabras de todos los días. Uno empezaba a leer esos poemas preguntándose si no eran material de poster, hasta que venía esa descarga eléctrica en el plexo y se nos atragantaban las palabras en la garganta y entendíamos con clarividente certeza que no se podía decir eso de otra manera, no se podía decir eso sin haber pasado antes por las comarcas más pavorosas del amor. Había uno en particular que se llamaba “Ya no”
Ya no será,
 no viviremos juntos, no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa, no te tendré de noche
no te besaré al irme, nunca sabrás quien fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber por qué ni cómo, nunca
ni si era de verdad lo que dijiste que era,
ni quién fuiste, ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido vivir juntos,
querernos, esperarnos, estar.
Ya no soy más que yo para siempre y tú
Ya no serás para mí más que tú.
Ya no estás en un día futuro
no sabré dónde vives, con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca como esa noche, nunca.
No volveré a tocarte. No te veré morir.

La Vilariño se lo había escrito a Onetti, le había escrito todos los poemas de ese libro terrible, y se lo había dedicado, y años después le quitó la dedicatoria cuando lo reeditó, y logró por fin lastimar a Onetti como él la había lastimado a ella.
En los años ’90, cuando yo trabajaba en Planeta y María Esther Gilio y Carlitos Domínguez preparaban su biografía sobre Onetti (Construcción de la noche), los torturaba pidiéndoles que contaran más cosas de aquella terrible historia de amor hasta que la Gilio me dijo: “¿Por qué no encargás una biografía sobre Idea y nos dejás de joder a nosotros?”. Todo lo que puede saberse de ella, ahora que ha muerto, está en el extraordinario suplemento especial que El País de Montevideo le dedicó hace unos días (donde Rosario Peyrou define inigualablemente su poesía: “El máximo escepticismo con la máxima sensualidad”) y en el libro-álbum La vida escrita, publicado el año pasado, que reúne fragmentos de sus diarios, cartas, textos inéditos y recuerdos de sus amigos (“El tipo de homenaje que suele tributarse a los grandes poetas cuando mueren y que nosotros quisimos hacerle antes”, según su responsable, Ana Inés Larre Borges) y en el documental Idea, que filmó Mario Jacob en 1996 (donde ella dice: “Cuando escribo nunca miento. Puedo mentir en la vida de todos los días, pero no cuando escribo”).
Gracias a ellos sabemos que el padre le recitaba, a Idea y a sus hermanos, desde muy chicos, poemas del Siglo de Oro español en voz alta (y que por eso, antes de aprender a leer, ella ya inventaba poemas de rima y métrica perfectas con palabras que elegía exclusivamente por su sonido). Que, a pesar de su salud precaria, desde los veinte años vivió sola. Que antes de cumplir los treinta publicó esta opinión sobre la poesía rioplatense de su tiempo: “Miserablemente estancada en un pantano, pobre poesía de provincia, sin originalidad, sin fuerza, sin ningún poeta verdadero, ningún intenso, ningún nuevo, ningún desesperado, ningún revolucionario. Nadie sabe cantar, nadie tiene mensaje”. Que colaboró en la legendaria revista Marcha hasta que le censuraron por pornográfico un poema donde decía “un pañuelo con sangre, semen, lágrimas” (el problema era que lo firmara “una mujer sola”; ella los mandó a la mierda y no publicó más nada con ellos). Que dio clases durante treinta años en un liceo (se levantaba a las cuatro de la mañana para estar en el liceo a las ocho y tenía otro trabajo a la tarde, y de noche traducía, entre otros a Shakespeare). Que durante muchos años se resistió a recibir premios (no a obtenerlos: le dieron como tres veces el Premio Nacional de Poesía pero recién lo aceptó en 1987, cuando consideró que el jurado era irreprochable). Que detestaba las apariciones en público y que dio apenas tres entrevistas en su vida (“Me gusta mucho escuchar las entrevistas que les hacen a los demás, pero yo no tengo el don: recién al otro día se me ocurren las cosas inteligentes que podría haber dicho”). Que tocaba tangos al piano y los bailaba y los cantaba igual de bien. Que, en lugar de publicar libros nuevos, a partir de 1966 prefirió reeditar los tres que menos le disgustaban (Nocturnos, Poemas de Amor y Pobre Mundo) agregando de canuto en cada reimpresión los poemas nuevos que iba escribiendo, hasta que en 1989 aceptó sacar un libro enteramente inédito: lo tituló, a secas, No, y los dos últimos versos del libro son éstos: “Inútil decir más / Nombrar alcanza”. Que tenía una muletilla (“¿Cómo te diré?”) que la pintaba en genio y figura. Que una septicemia estuvo a punto de matarla a los veintisiete y la tuvo postrada en llaga viva durante casi tres años. Que se casó tres o cuatro veces (siempre por gratitud, con los tipos que fueron buenos con ella, como Manuel Claps, que la cuidó durante aquellos tres años) pero el hombre de su vida fue, sin discusión, Onetti (el propio Claps fue quien los presentó, cuando ella acababa de recuperarse de aquella septicemia).
Que Onetti y ella sólo pasaron juntos nueve noches, en once años. Que al principio él le pareció el hombre más adulto que había conocido y que, a causa de eso, perdió después toda confianza en su propio juicio. Que los momentos juntos eran “el infierno en la calle Durazno”. Que él la llamaba por teléfono y le decía: “Ayudame a entender el modo en que te quiero”. O: “Tengo una loca que se ha tirado al piso y me abraza los pies y no sé qué me pide. Te llamo porque necesito oír tu voz, escuchar a alguien sensato”. Que él le reprochó siempre que no lo amaba de verdad, que sólo lo usaba para escribir “esos poemas tremendos”. Que ella le reprochó siempre que no apareciera “ni una mujer entera” entre los personajes de sus novelas.
Vaya a saberse cuánto es cierto y cuánto es leyenda en toda esta historia. Yo sólo sé que, precisamente por saberse incompleta, Idea Vilariño logró convertirse en una mujer entera, absoluta. En un poema titulado lacónicamente “43″ se retrató, a mi gusto, mejor que en ninguna otra parte. Son sólo cinco líneas:
Como un jazmín liviano
que cae sosteniéndose en el aire
que cae cae
cae.
Y qué va a hacer.

Juan Forn